lunes, 23 de mayo de 2011

En la hora del ocaso - Erzengel.



El silbido se escucha claramente, atravesando el aire con un agudo grito y el tiempo parece derrapar sin cauce ni sentido, en una monotonía incómoda y febril.
Se estremece. La fría atmosfera del invernal julio colabora con los escalofríos que recorren su cuerpo.
Cierra los ojos recordando una vez más el último encuentro.

-Esto no da para más- había murmurado él, mientras armaba el bolso- Ya no lo soporto.
Ella sólo observaba, incapaz de pronunciar palabra alguna, cómo él preparaba todo para irse.
-Pasaste todos los límites y te perdoné… alejaste a mi familia y amigos, me hiciste creer que el único universo eras tú. Me ataste a ti como mejor quisiste. Pero esto… esto es… ni siquiera puedo pronunciarlo.
La furia viajó por su brazo y se estampó en un golpe fuerte contra la maleta de viaje.
Ella seguía ahí, tan sólo mirando, tratando de encontrar una excusa, una mentira, cualquier cosa para impedir que se fuera.

-Ya no…- su voz se elevó imponente, cargada de ira y coraje, mientras se giró para mirarla con desprecio- Ya no pienso escucharte. No importa lo que digas, ya no voy a creerte. Esto se acabó.
Ella tembló, presa del dolor. Él cerró los ojos y se obligó a tomar el bolso y caminar hacia la salida.
-Aún no puedo creer todo lo que hice por el simple hecho de que te amaba. Y tú… ¡tú y tu reverendo egoísmo! ¿Cómo diablos pudiste hacerlo? ¿Qué estabas pensando? Yo no iba a quererte menos, al contrario, podría haberte amado aún más.
Ella desvió la mirada, avergonzada por el reproche.
-¿Quién carajo te dijo que iba a dejar de quererte porque estabas embarazada? ¿Por qué cuernos me lo ocultaste?- él se contenía de golpearla intentando convencerse de que, más allá de todo, era mujer e indefensa y nunca podría hacerle frente.
Ella seguía observando cualquier punto lejano a él.

-No sé que duele más: saber que abortaste, que mataste a nuestro hijo, o comprender que lo nuestro no tiene ningún futuro. Sólo sé que esto no da para más y no puedo permanecer cerca de ti.
Ahora, él ya estaba junto a la puerta, cargando en sus hombros el equipaje y observándola por última vez. Ella lo evitaba aún, sabedora de sus errores.

-De ser tú, estaría avergonzado de verme vivo sabiendo que asesiné a un inocente- sus palabras ásperas y certeras la atacaban una y otra vez- Pero me vales tan poco en este preciso momento, que la verdad, ni siquiera me molesto en intentar cobrarme lo que hiciste. No. No vales la pena…
Tomó aire, intentando tranquilizarse.
La miró un minuto más, destrozando en silencio el poco amor que le quedaba por esa mujer que una vez había sabido ser su vida.

-Podrías morirte hoy mismo. No me interesa. Ya no me importas…- la puerta se cerró violentamente.
Ella se permitió, entonces, llorar su pérdida.
Él no volvería, eso era seguro.

“Podrías morirte hoy mismo. No me interesa. Ya no me importas…”
Las palabras resuenan aún en su cabeza.
Él prometió no volver y cumplió a rajatabla su promesa.
Mira la hoja de afeitar que brilla rojiza entre sus dedos y se estremece una vez más.
Otro agudo silbido perfora la atmósfera y la sangre comienza a manar de su muñeca con furia.

“…Estaría avergonzado de verme vivo sabiendo que asesiné a un inocente”.
Cierra los ojos. No importa qué tan fuerte apriete sus párpados, la imagen de su bebé muerto la persigue a cada momento.
Toma fuerzas, aspira fuerte y trata de no llorar.
La afilada hoja en sus manos juega contra su piel lastimándola una y otra vez.

“…Ni siquiera me molesto en intentar cobrarme lo que hiciste…”
No precisó armas para lastimarla, las palabras acuchillaron su alma con etéreos visteo.
Que ahora esté llegando a este límite es simplemente una consecuencia coherente de sus propias acciones y el odio que él mostró con gestos y gritos.

Un último silbido se percibe en el ambiente.
El olor profundo a óxido y sal le causa mareos. Cierra los ojos por última vez. Tiene sueño, quiere dormir. Recuesta la cabeza en el suelo y la pequeña arma blanca cae de su mano y tintinea contra el suelo.

La voz grave de él ya no se escucha. Tampoco la respiración de ella ni sus latidos. El silencio absoluto lo cubre todo. El silencio sepulcral en la hora del ocaso…

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