martes, 22 de noviembre de 2011

Adictos a la escritura: Proyecto Noviembre "Y aún quiero volar".

Hola a todos, aquí una entrega más de los proyectos impulsados por el grupo de Adictos a la escritura, digamos que este relato fue un poco inusual, al menos para mí. Espero que se entienda y les cuento que el fragmento elegido es parte de una de mis canciones favoritas. Por cierto, ofrezco una enorme disculpa, pues no he tenido tiempo de revisar la ortografía, sólo de pasar el corrector de word, así que prometo ponerle más esfuerzo a la siguiente entrega ¡Saludos!


Y AÚN QUIERO VOLAR

“I'm going out, I'm gonna drink myself to death
And in the crowd
I see you with someone else,
I brace myself, Cause I know it's going to hurt,
But I like to think at least things can't get any worse".


Hurricane drunk, Florence + the machine.


Me siento exhausta y por ello detengo mi carrera; no tardo en comprender que estoy parada en medio de un puente antiguo, y que el frío, esa afección milenaria, me recorre de abajo hacia arriba revelando que estoy descalza, mientras que la lluvia, intacta a la revolución interna que intento contener, ha hecho que la máscara de mis pestañas ahora esté resbalando a lo largo y ancho de mis mejillas.

Lo sé y eso lo hace más confuso, estoy desorientada, lanzo un grito al cielo como una sonora expresión de mi dolor. Con los ojos entrecerrados miro inevitablemente hacia mis pies, parecen tan inocentes allá abajo, sin enterarse de lo que pasa realmente por mi cabeza. Sonrío, me es imposible no hacerlo, tener veinte años no es lo que pensaba, creí que sería más interesante, no entiendo, se suponía que la dicha sería parte de mí.

La sensación de liberar el vaho que despide mi boca, esta boca que ha dejado de besar por algún tiempo hasta casi olvidar, inunda mi cuerpo de un calor inusual. Vuelvo a dirigir la mirada hacia cualquier lugar, y se me ocurre acercarme a las estructuras metálicas que componen los costados de aquel puente desconocido. Pongo mi mano derecha sobre el barandal oxidado, miro hacia abajo, pero la corriente enfurecida me asusta, se ríe de mí y no me queda más que dar dos o tres pasos hacia atrás.

El estomago no me deja en paz, pero el miedo me ha atenazado, definitivamente no me atrevo a moverme más, incluso, se me presenta la absurda necesidad de estar en un nivel más elevado, y no, no refiriéndome a cuestiones místicas, sino a variables de distancia, ese asunto de medidas posibles, considerando un punto desde el piso al techo, al cielo o cualquier otro obstáculo que confronte al vuelo. Un pinchazo de dolor hace que mi vientre se contraiga en una posición a la que mi cuerpo ha estado habituado durante los últimos meses, a partir de que he decidido dejarlo todo, de haber abandonado los besos, las caricias y en concreto, el deseo.

En un arranque de adrenalina, me aproximo de nueva cuenta al barandal y subo al mismo a trompicones, tratando de no mirar a lo que puede recibirme en las profundidades, al oleaje enardecido por el viento y la lluvia, por la caída de la tarde, por mi propia caída.

Las lágrimas retoman su curso, uno natural e irresistible. Abro mis brazos, despegándolos al fin de la tensión de mi cuerpo. Mi pecho queda al descubierto y la emoción me recorre, me empapa, me corrompe; agito los brazos, torpemente al principio, después sin miedo, segundos más tarde con evidente motivación, que no alcanza a ser felicidad, pero si pasión. Mis pies sienten la ligereza de toda mi complexión y por vez primera entienden de pesares, de lamentos y tristezas, de los sinsabores de la vida y de los tormentos que me han llevado hasta ese puente solitario.

Me alegro de que finalmente lo entiendan y que tengan presente que los pasos que estén por dar, no valdrán nada más en este mundo terrenal, que asimilen trascender de una buena vez a un mundo mejor, donde mis lágrimas dejen de caer, de buscar consuelo y no encontrarlo jamás.

Muevo el pie izquierdo, me tambaleó un poco, pero no pierdo el ritmo frenético del momento, de mi espacio en el tiempo. Regreso dicho pie a su posición anterior. Mis brazos se sienten ya vencidos, pero mi alma todavía quiere luchar. Registro los últimos pensamientos que me aquejan y pongo todos mis esfuerzos vitales en erradicarlos, en pretender que nunca existieron, que no me harán más daño. Me elevo. Inexplicablemente lo hago, pero sé que entre suspenderse y volar hay un universo gigantesco, procuro mantener la calma, pero sigo allí en el aire, a unos centímetros de aquel barandal, con el ridículo movimiento de mis brazos pretendiendo fungir como alas, a pesar de carecer de plumas, de belleza y un rumbo implícito hacia donde arribar.

El momento me parece eterno, aunque no lo es en realidad. Estoy satisfecha, pues es un cuadro precioso: una veinteañera rubia, de piernas firmes, enfundada en un vestido corto vaporoso y lleno de flores, levitando al igual que el aire, resistente a él, al mundo y a las aves que en ese preciso momento se pudieran presentar, porque soy parte de ellos, de pájaros silvestres que no se cansan de volar, aunque en la práctica a cabo no lo pueda llevar o mis piernas en cualquier instante se puedan quebrar. Abrazo mi cuerpo, terminando con el desafío a la gravedad, con ilusiones que quizá no volverán.

En milésimas de segundo mis pies ya están sintiendo la frialdad del metal. En ese tiempo, también se pierden los vínculos que había logrado entablar entre mi mente y mi cuerpo. Regresan de pronto las memorias que quería olvidar, aquellas que me llevaron a ser parte de un escenario difuso, de la terquedad de la vida, que se aferra a no soltarme sin poder siquiera aguantar mis ganas inmensas de abandonarle, de empezar desde cero, en otro sitio, donde no se pueda ver el agua por debajo de un puente añejo.

Doy un paso hacia delante. Quizá por allí pasaba alguien y fue testigo de toda la escena, quizá reclamó mi atención, tal vez pensó en detenerme, pero todo ya estaba hecho desde un principio, desde mi propia creación. Vivir para morir siempre ha sido el camino y aún más cuando se ha decidido darle la mano al destino, aceptándole, dándole esos besos perdidos.

Caigo hacia el abismo a una velocidad vertiginosa, que me hace temblar de la emoción, provocando que me lleve las manos a los labios ansiando conservar un sabor reconocido. Me impacto contra el suelo y la conciencia no puede ya volar lejos de mí, o al menos ahora sé que tarda un poco dentro de ti. Inclusive, todavía me da tiempo de pensar en que, al menos inconscientemente, yo imploraba porque las alas fueran parte de mi naturaleza original. Sí, moriré y es una certeza, y aún quiero volar, pero está claro que ya no puedo hacerlo, porque no fueron suficientes las noches de desvelo imaginando un gran amor, o llorando debido a que mi corazón insulso nunca ha sido requerido, que no obstante, ardía en deseos de encontrar abrigo y ninguna puerta se abrió. ¿Me convertiré en un ave por esto? Quizá no.

14 comentarios:

  1. Cuántas expectativas para los veinte años!
    Muy buen relato, Athena, aunque encuentro que hay mucha puntuación que revisar, y tienes tendencia a la rima que en narrativa no queda muy bonita. Mira este párrafo, es un ejemplo claro de esto:

    "al mundo y a las aves que en ese preciso momento se pudieran presEntAR, porque soy parte de ellos, de pájaros silvestres que no se cansan de volAR, aunque en la práctica a cabo no lo pueda llEvAR o mis piernas en cualquier instante se puedan quEbrAR. Abrazo mi cuerpo, terminando con el desafío a la gravEdAd, con ilusiones que quizá no volvErÁn."

    Hacia el final vuelve a ocurrir pero en una frase más corta.

    Besos!!

    ResponderEliminar
  2. Me ha gustado y la manera que tienes de usar los adjetivos también, usas los justos y los más precisos para enriquecer lo que estás diciendo y le da mucha elegancia.
    Me da pena que con veinte años y con toda la vida por delante acabe así.
    ¡Enhorabuena!

    ResponderEliminar
  3. Muchas gracias a todas por comentar.

    ¡Querida Maga! Fíjate que me es muy grato leer tu crítica, tienes mucha razón, usualmente no puedo resistirme a la rima, así que a partir de hoy trabajaré en ese aspecto.

    De nuevo gracias por pasarse por mi pequeño espacio. ¡Saludos!

    ResponderEliminar
  4. Que triste final para tan corta edad!
    Me gustó mucho tu texto!!

    Saludos!!

    ResponderEliminar
  5. Muy triste la realidad de esa joven y la determinación que tomó. Está muy bien narrada la historia. Saludos :)

    ResponderEliminar
  6. Que buen relato... me gustó mucho. Felicidades.

    ResponderEliminar
  7. Mil gracias por pasarme por mi humilde morada, gracias también por sus observaciones me nutren la mente y el espíritu.

    ResponderEliminar
  8. Me ha dado la sensación de que son la rabia y la frustración que la empujan a una decisión sin retorno. Una historia impactante, Athena, enhorabuena. :-)

    ResponderEliminar
  9. Un magnifico relato.
    Está muy bien narrado y transmite muy bien lo que la protagonista está sintiendo.
    ¡Saludos! (:

    ResponderEliminar
  10. Interesante... Me gusto, fue un relato magnifico en todo sentido.
    Un beso
    Lu =)

    ResponderEliminar
  11. Me ha encantado leerlo... =) un saludo

    ResponderEliminar
  12. Pues es precioso, que torbellino de sentimientos, y cuanta melancolía con tan poca edad de la protagonista. El final queda muy bonito. Un beso!

    ResponderEliminar
  13. La única canción que he escuchado de Florence + The Machine es la de "Dog Days Are Over", pero las letras que tomaste como fragmento de Hurricane Drunk cuadran con los sentimientos que plasmastes dentro del suicidio de la protagonista.

    Sin embargo, no es la primera vez que leo una historia de suicidio relacionada con una persona solitaria que jamás pudo encontrar el verdadero amor.

    Cuando estaba en la mitad del texto, me sentí identificada con la protagonista por su mentalidad tan existencialista con respecto a la situación por la que estaba pasando.

    Saludos Karuna ^^

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails